Construcción
- Lecho Colectivo
- 6 abr 2025
- 6 Min. de lectura
Construir un lugar para habitar siempre es un desafío hermoso.
Construir con materiales del lugar aún más.
Construir desde la grupalidad, recuperando el conocimiento de mujeres es poderoso.
Pero querer co-habitar un lugar ya habitado es muy complejo
y lleva tiempo…

Con el proyecto de Lecho nos propusimos, entre otras cosas, construir con tacuaras un espacio de encuentro que funcione como resguardo para hacer fogones, reuniones y guitarreadas en “El Tati”, una suerte de centro cultural móvil que en un principio quedaría instalado en el espacio.
Si bien consideramos que la iniciativa estaba cargada de buenas intenciones y deseos (quizás ambiciosos) de transformar el espacio, desde el principio había tensiones que dificultarían la tarea y que, desde nuestra mirada ingenua y optimista, no supimos prever. Por un lado, no todas estábamos de acuerdo con la viabilidad de ese proyecto, que se fue complejizando con la intensidad del trabajo de esos días, el cansancio acumulado y los supuestos de cada una, que empezábamos a comprender que eran bien diferentes.
El día señalado para la construcción era domingo, el quinto día de convivencia y actividades compartidas con la comunidad tacuaremboense habitando “El Tati”. Veníamos agotadas, durmiendo poco y poniendo mucho cuerpo y emoción a cada acción, atravesadas por cada encuentro y desdibujadas en una maraña de experiencias personales y colectivas que por la inmediatez de las propuestas, no llegábamos a ordenar.
Se empezó a generar una tensión grupal que no podía resolverse en palabras. Cada una abocada a su tarea, pero atravesada por el calor y el agotamiento, hacíamos lo que podíamos, sin saber bien el para qué de cada hacer. Esto llevó a una creciente incomodidad del grupo que se reflejaba en las caras y en las disposiciones corporales. Por un momento sentí que todo era un poco absurdo, pero también que era imperioso ordenarnos.
Parar. Revisar para seguir.
Mientras tanto llegaban grupos de personas que habíamos convocado para participar de una feria de productores y proyectos locales.
Para que la feria suceda, necesitábamos armar estructuras mínimas que garanticen sombra a los feriantes. Hacía mucho calor y estábamos agobiadas. Éramos cuatro mujeres a cargo, una iba y venía trasladando personas, bolsos y mobiliarios, otras acompañábamos a los recién llegados a instalarse en algún lugar mientras también asistíamos en los requisitos de la construcción que era guiada por la generosidad y la experiencia de Vane y Amaya, una pareja recién llegada al territorio, deseosa de compartir sus experiencias en relación a la construcción. También estaba Alana, su hijita de 4 años, con la alegría vibrante de toda infancia que corre libre por el espacio vivo. La tarea era simple pero exigía cuerpo y dedicación: cortar y pelar tacuaras, trasladarlas, hacer pozos, clavar, buscar herramientas…
Rápidamente comprendimos que sobre estimamos la confianza en que de alguna forma todo se resolvería sin considerar los requerimientos previos en relación a la cantidad de gente necesaria para trabajar, el tiempo que nos llevaría armar la estructura, el clima y los horarios de trabajo.
Nuestro plan era imposible en esas condiciones.
A eso se sumaba un factor que todavía no podía identificar, que no dependía de nuestra forma de estar, de nuestra organización o de nuestra dinámica. Había algo más que flotaba en el aire y se expresaba en la aparición de los perros del monte, quienes ya conocíamos, pero ese día tenían una actitud más excitada, entre juguetona y defensiva…
Improvisamos una reunión con parte del grupo para tomar decisiones, la horizontalidad de la grupalidad es algo que nos importaba sostener, pero también era algo que había que trabajar, ya que es importante reconocer que todes tenemos muy internalizadas estructuras verticales e individualistas en nuestra conformación identitaria. Además la organización de un evento implica responsabilidades que hay que asumir, o acuerdos que hay que dejar en claro y nosotras teníamos presente que éramos responsables de la propuesta que estábamos generando. Fue en esa reunión que entendimos que estábamos queriendo hacer más de lo que nuestros cuerpos podían, que estábamos cansadas y ofuscadas, que cada una tenía ideas diferentes sobre lo que estábamos haciendo, y ahí apareció la magia: la mirada a los ojos llorosos y cansados junto a la convicción de que contábamos una con la otra, pero que debíamos cambiar el plan. Cada una enunció lo que podía, rápidamente armamos una dinámica de trabajo en la que nuevamente nos dividimos tareas pero también comunicamos al resto de las personas que necesitábamos ayuda.
Así unas armamos gazebos con la ayuda de los feriantes que ya bajaban a la playa, otras hacían entrevistas, otras ayudaban en la construcción.
Para poder plantar la base del centro cultural necesitábamos hacer 6 pozos. Cavar, perforar la tierra y enterrar las cañas, señalizar el espacio, hacer una marca, dejar una huella. Se trata de una acción invasiva, de entrar en la tierra y de generar permanencia.
Cavar no es fácil, se necesita fuerza, conocimiento y convicción.
Cuando comenzamos a cavar la tierra estaba apelmazada, había relleno de escombros que dificultaba la tarea. Esta acción era exigente para nuestros cuerpos extenuados, pero rápidamente se acercaron personas a colaborar.
De repente empiezo a sentir que esa tensión en el aire que había percibido antes se incrementaba. El aire estaba más denso, y no lograba distinguir si era mi cansancio o era algo más.
De repente del monte espeso sale una persona que habitaba el lugar, ya lo conocíamos y veníamos estableciendo un vínculo distante pero amistoso en el que tratábamos de cuidar y respetar los espacios, desarmar miedos, integrar formas de habitar “El Tati” como lugar público que forma parte de la identidad local. Nosotras insistíamos en que nuestra intención no era invadir, sino habitar, recuperar una memoria popular de ese lugar. Pero… cuatro mujeres consideradas de alguna u otra forma “extranjeras” ¿tienen derecho a habitar un espacio público?
Sin hacer demasiado caso a esa presencia que se acercaba, seguimos cavando hasta que plantamos el primer palo, luego el segundo, el tercero, hasta llegar al sexto…
Los perros se acercaban, eran 16, de todos los tamaños. La feria ya estaba casi en marcha, había infancias jugando, personas charlando, grupitos diversificados en diferentes intercambios. Los perros se acercaban y eran como una extensión del ánimo de su amigo humano que desde temprano había empezado a tomar alguna bebida quizás para olvidar, quizás para evadir, quizás para soportar.... Creo que se sentía invadido, y sin poder procesar esa información, la sacaba como podía.
Los perros estaban inquietos, pasaban por arriba de las artesanías, se inquietaban más a medida que la gente se asustaba o los echaba. Se ponían a la defensiva si veían a otro perro. Cuando los niños corrían, con la torpeza de quien quiere jugar, pero no conoce las reglas del juego (o no se siente invitado), se acercaban bruscamente ladrando y gruñendo, lo que generaba reacciones de miedo en niños y grandes.
De repente la escena comenzaba a ser caótica, una acumulación de encuentros, desencuentros, opiniones y acciones dispersas tendientes a atenuar las emociones y diluir el conflicto.
Quienes viven en el monte, acompañados más de animales, paisajes y silencios, quizás se agobien con tanta ritualidad comunicativa que tenemos las personas demasiado inmersas en los rituales sociabilizatorios. Quizás desconfíen profundamente de nuestros rituales cargados de palabras hermosas pero de acciones que dividen, que dejan en el margen del territorio a quien no está dispuesto a asumir el ritual.
Nosotres desplegábamos muchas palabras, pero no dejábamos de cavar pozos y plantar palos.
Hasta que lo vimos con claridad. La acción de penetrar la tierra decía mucho más de lo que decían nuestras palabras.
Fue entonces que decidimos rápidamente sacar los palos.
Cuando eso pasó, sentí que el aire comenzaba a circular de nuevo. La jauría volvía a la calma, el hombre del monte había encontrado con quien charlar, de a poquito todos comenzamos a encontrar nuestro lugar en la dinámica de la tarde. Nadie tuvo que retirarse, pudimos convivir.
Circulaban los mates junto a historias presentes y pasadas que nos fueron conectando en ese estar de domingo por la tarde.
Al final del día, lejos de creer que nuestro propósito había fracasado nos sentíamos profundamente agotadas pero tranquilas, entendiendo lo acontecido era lo que tenía que suceder y que nuestro lugar era el de la propuesta, abierta a la apropiación y al emergente.
Entendimos que el gran desafío del día fue ceder: ceder ante el cansancio, ceder ante la expectativa, ceder ante el territorio, ceder ante nosotras mismas, para dar lugar a lo posible.
¿Que construimos si no construimos una choza?
Construimos conocimiento, experiencias, deseos futuros, encuentros, afectos y afectaciones.
Pudimos hacernos nuevas preguntas, que siempre son motores para nuevas acciones acerca de cómo nos cuidamos entre nosotres, si nos escuchamos, si podemos dar lugar a la otredad, si existe la capacidad de conmoverse y qué implica.
¿Qué lugar le damos a las diferencias?, ¿Qué construimos como colectivo?, ¿Cómo hacemos un lugar común?, ¿Qué implica para nosotres el derecho a habitar el espacio público?
Ekaterina Gelroth
Integrante de Lecho colectivo
Octubre 2024

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